En mi primera mañana en tierras inglesas, salí a la aventura de coger un búho en Victoria Station hacia St Pancras. Y, como acabo de decir, fue toda una aventura: se suponía que pasaba a las 5, con lo que me sobraban unos veinte minutos….pero pasó más de un cuarto de hora tarde. Así que, tanto yo como los que querían coger el tren a París, estuvimos a punto de gastarnos una fortuna en taxis, cuando justo apareció a lo lejos el autobús. ¡Menos mal!
Así, a eso de las 11 de la mañana, tras un sueño en el tren interrumpido a veces para ver ciudades como Newcastle, llegamos a Edimburgo. La estación está en el mismo centro; por lo que nada más salir pudimos ya ver lo que nos esperaba: el casco histórico de la ciudad, para mi gusto, más bonita de la isla.
La primera mañana transcurrió con un tour en autobús… con lo que comprobamos el pésimo estado del tráfico en la ciudad! Visitamos la zona de los museos, el palacio Holyroodhouse, la High Street con sus siniestros Closes o callejones en las que los bandidos campaban a sus anchas, Saint Andrew Square, Saint Giles Cathedral,… y el guía nos amenizaba la ruta con curiosas historias sobre escoceses, propaganda sobre la gran cantidad de personajes importantes que nacieron y vivieron en Edimburgo o en las cercanías (Sir Walter Scott, Adam Smith, Alexander Graham Bell)…y, quizá lo mejor de todo, tocando la gaita, con el kilt, ¡en medio de la ciudad!
Mas como iba a descubrir en los siguientes dos días, no sólo los guías llevaban kilt: todos los conductores de autobús, así como muchos otros hombres, lo usaban… espero que estos últimos fuera por ser la semana previa al Festival de Edimburgo, y ser el fin de semana del Tattoo (desfile militar, con gaitas y todo tipo de espectáculos, que se celebra todos los años en el Castillo de la ciudad). Por eso, por toda las calles, y especialmente por la “Royal Mile” (milla entre el antiguo castillo y el nuevo), había numerosos espectáculos callejeros. En uno de ellos, incluso, había tres hombres ataviados con taparrabos, como si fueran de una tribu africana, y tocando instrumentos rarísimos. Era sencillamente fantástico, el ambiente era muy festivo y todo el mundo estaba en la calle; ya que tuve suerte y sólo llovió, un poquito, la última mañana.
Y, paralela a la Royal Mile, está la Princes Street , todo un paraíso de las compras. En una sola calle, están todas las tiendas de ropa imaginables…y con rebajas aún mejores que en Londres. Así que, especialmente siendo una chica, ¡es obligatorio pasar allí al menos unas horas!
Y después de guardar las compras en la mochila, seguí haciendo un poco de turismo. En primer lugar, subí al monumento a Sir Walter Scott. Desde arriba se obtienen las mejores vistas de la ciudad: además de todos los edificios históricos del centro, por un lado se puede ver el mar, por otro Calton Hill, o la Atenas del Norte, y, por último, las montañas. Es espectacular a la par que inolvidable.
Otro de los puntos altos de la capital es la Cámara Oscura, un pequeño museo en el que abundan las imágenes imposibles de Escher y todo tipo de ilusiones ópticas. Asimismo, desde el ático se puede ver otra perspectiva de la ciudad, con el castillo más cerca. Muy recomendable.
Por último, justo antes de atardecer, me acerqué a Calton Hill. Es realmente impresionante la perspectiva que se obtiene de la ciudad desde allí, así como sus monumentos a imitación, entre otros, del Partenón.
Las Highlands
El sábado salimos en el autobús, por la mañana, hacia las Highlands. Pasamos un día genial en esta zona, que ocupa la mayor parte del territorio del país (un 90% o algo parecido si no recuerdo mal), pero habitada por una escaso 10% (de nuevo, no sé si esa era el porcentaje exacto) de la población, debido a su duro clima y a su agreste paisaje. Mas, aunque no sea muy recomendable el plantearse vivir allí, sí que lo es visitarlo: los paisajes son únicos y realmente bonitos.
Al principio del recorrido vimos, sobre todos, algunos de los muchísimos lochs (como llaman a los lagos en Escocia). Según nos contaron, viendo el país desde el aire, toda esta zona se ve azul por su abundancia. Además, también nos contaron que el agua es potable, debido a unas plantitas amarillas que crecen en el fondo y que dan un color un tanto extraño a la misma… desde luego no sería yo la que bebiera de ahí, a no ser que no tuviera más remedio.
A media mañana hicimos una parada en la típica estación de servicio con restaurante y tienda de souvenirs destinada a los turistas. Las vistas eran geniales: ya se empezaban a vislumbrar, más de cerca, las primera montañas envueltas en niebla. Además, pudimos ver un “toro de las Highlands”: un curioso animal con cuernos, pelo muy largo y liso, de un color castaño claro. Era muy manso y no le molestaban los mil y un flases de la excursión de los japoneses. Y, por último, antes de reemprender el camino, una degustación de whisky escocés… perfecto en una fría mañana con el característico “drizzle” de la zona, que, aunque hacía más atractivo si cabe el paisaje, molesta cuando te mojas.
Así, una vez concluida la parada y el almuerzo, entramos ya en la zona más montañosa. Es simplemente espectacular: se sucedían las montañas, unas más altas y otras más bajas, rodeadas de niebla y completamente verdes. Era como en las películas… me encantó.
Tras este recorrido y la parada a comer, nos encaminamos hacia el Loch Ness. El conductor nos prometió que allí veríamos el sol… ¡y fue cierto! El clima cambió bastante: el sol lucía tímidamente entre las nubes y la temperatura subió un poquito. De este modo pudimos disfrutar de las vistas del Urquhart Castle con el lago al fondo. Además, en el castillo se podía ver un enorme lanzapiedras (o algo bastante parecido a los que aparecen en algunos videojuegos) junto con un hombre disfrazado de antiguo guerrero escocés, con su barba y su largo pelo rubio, su ropa a cuadros… increíble. Y, para terminar el día antes de volver a la capital, un paseo en barco, de hora y media, por el lago, viendo las olas que se levantaban en cuanto hacía un poquito de viento…y supongo que muchos intentando encontrar al monstruo. Fue una bonita experiencia; pues el lago es tan grande que parece que estás en el mar en lugar de en agua dulce.
Último día en Edimburgo
El domingo por la mañana fui a visitar el Castillo de Edimburgo. En lo alto de un volcán inactivo desde hace siglos (tanto, que sobre la lava negra ha crecido la hierba), preside la ciudad. A pesar del un tanto elevado precio de la entrada, merece la pena pasar allí un par de horas. En él se puede conocer la historia del país a través de sus batallas y su ejército, así como alguna curiosidad: por ejemplo, hay un cañón, denominado “cañón de la una en punto”, que cada día, a excepción de los domingos, marca la hora.
Dentro del castillo se pueden ver también las joyas de la corona de Escocia: el cetro, la corona y la espada que, tras ser sacadas del castillo por las continuas invasiones, y permanecer en paradero desconocido durante siglos, fueron redescubiertas por Sir Walter Scott y trasladadas de nuevo a su emplazamiento original. Asimismo, hay un cementerio para las mascotas de los soldados, y una preciosa capilla dedicada a todos los caídos en combate.
Después de ver el castillo, y antes de comer y volver al hotel para emprender el camino de regreso a Londres, di una vuelta por Greyfriars, cementerio en que está enterrado Bobby, el perro de un policía que veló su tumba durante 14 años hasta su propia muerte; la zona de los museos y el Parlamento; las plazas y avenidas de la parte nueva de la ciudad, con numerosas estatuas dedicadas a célebres escoceses, etc.
Con esto concluyó mi breve pero intensa estancia en Escocia. Es un país que me encantó, al menos lo poco que me dio tiempo a conocer: los paisajes son preciosos, las calles están llenas de vida, los dueños de las Guest Houses en que nos hospedamos eran muy amables… en definitiva, todo fantástico. Por lo que lo añado a los lugares que un día me gustaría visitar más a fondo.
































