Tréveris ’10
El siguiente fin de semana fui a Trier, o Tréveris en español. Es una de las ciudades alemanas con mayor cantidad de restos romanos, como la Porta Nigra, unas termas, un anfiteatro,… Ello se debe a que es la ciudad más antigua del país, fundada a principios del siglo I a. C. por los romanos. Además, está muy cerca de la Selva Negra, por lo que si se sube a un mirador en una colina se puede ver la ciudad con el bosque y las montañas de fondo.
Al salir de la estación de trenes, basta con seguir una de las calles para llegar al primer monumento romano: la Porta Nigra, que da acceso al centro histórico, como lo hacía a la ciudad cuando fue fundada. Se puede entrar y subir hasta el segundo nivel para ver por un lado el centro y por el otro la periferia, con las montañas en el horizonte. Merece la pena la visita no sólo por las vistas; sino también por el interior de la propia puerta, con sus arcos muy bien conservados y el patio interior.
Tras salir de la Porta Nigra y dar una vuelta por la plaza central, llegué enseguida a la catedral, el Dom St Peter, la más antigua de todo el país y patrimonio de la UNESCO. Por fuera tiene un aspecto bastante curioso: las torres son muy cuadradas, y en el centro destaca un saliente semicircular. Además, a los lados hay pequeños arcos que me recordaron a los de la mezquita de Córdoba…una mezcla un tanto extraña para una catedral. El interior, sin embargo, es mucho más corriente, con un patio muy bonito, numerosas esculturas, y una preciosa cúpula barroca.
El centro de la ciudad es similar al de Heidelberg, como ya me había dicho la familia con la que me hospedaba. Hay una gran calle principal peatonal y adoquinada, como en muchas otras ciudades alemanas, con gran cantidad de tiendas y terrazas. Lo mejor de estas terrazas eran unos helados enormes, de tres bolas, con nata y sirope de chocolate en un cucurucho gigante, por sólo 3.30€… ¡qué rico estaba! Creo que nunca he disfrutado tanto, y durante tanto tiempo, de un helado.
Cuando terminé de comérmelo, dando esta vez un paseo más largo, fui a ver las termas romanas. Para llegar a ellas hay que atravesar un parque con un lago, varias fuentes y estatuas. En un extremo del parque está el palacio de los Príncipes Electores, ya que el arzobispo de Trier era uno de los siete Electores del Imperio Romano, y en el otro, las termas. Todas las que había visto hasta ahora no ocupaban áreas muy grandes. Éstas, por el contrario, tienen una extensión bastante grande. Desde fuera se puede ver la estructura principal, pero por poco más de 2€, si no recuerdo mal, merece la pena entrar y caminar por los numerosos pasillos que aún se conservan. Son como un pequeño laberinto, oscuros y muy fríos, lo cual se agradecía por el calor que hacía fuera. Asimismo, desde una torre en un extremo del recinto, se observan las distintas habitaciones que había originalmente, ya que todavía se conservan las bases de los muros que las separaban.
Tras salir de las termas, me dirigí a las afueras de la ciudad. Allí se encuentra el anfiteatro romano. En comparación con la cantidad de turistas que había por el centro, muy pocos visitaban esta zona, a la que, aún estando algo alejada, se puede llegar perfectamente andando. Otra opción es coger un autobús si no quiere andarse más, que para justo en la puerta del anfiteatro. Éste se encuentra rodeado de árboles, por lo que desde lejos no puede adivinarse lo grande que es.
Ya en el interior se puede caminar por algunos pasillos entre lo que eran las gradas, y que hoy son “colinas” verdes. Saliendo por cualquiera de las antiguas puertas nos encontramos con un bosque, lo que supone un cambio radical de escenario en tan sólo unos pasos: de la limpia arena del foso a enormes árboles completamente verdes. Siguiendo el itinerario descrito en el mapa que me habían dado en la entrada, volví a entrar al anfiteatro, esta vez para pisar ya la arena, algo que no puede hacerse en la mayoría de anfiteatros abiertos al público.
Al salir, como todavía era pronto para volver y en el centro no me quedaba nada por ver, subí al mirador de Petrisberg. Como su nombre indica (la colina de Pedro), se encuentra en una colina, desde la que se puede contemplar la ciudad. Tras una larga caminata cuesta arriba, llegué al mirador. La diferencia de temperatura era bastante notable con respecto al centro, o al menos la sensación, ya que conforme subía hacía cada vez más viento, bastante fresco además.
Desde arriba las vistas son espectaculares: en primer plano se ve el anfiteatro que, si no se tiene en cuenta la diferencia de altura, está muy cerca. Entre él y el mirador hay viñedos, y, detrás, la ciudad. En ella destaca el Dom St Peter. Por último, al fondo y rodeando Trier, se observa la Selva Negra. En definitiva, una panorámica excepcional de la ciudad. Y al ir a bajar de nuevo, vi una parada de autobús, que resulta que llevaba al centro. Pasa sólo cada hora, pero es una buena opción, sobre todo para evitar el camino cuesta arriba.
Y con esto concluyó mi tercera excursión de este verano en Alemania. Pasé un día muy agradable, en una ciudad más agitada en la zona centro pero muy tranquila en cuanto te alejas un poco. La cantidad de restos romanos, y su buen estado de conservación, es enorme, teniendo en cuenta sobre todo la lejanía con respecto a Italia. Me sorprendió muchísimo, la verdad, y me encantó.




