Cagliari ’10

Tras pasar una semana en casa, a la vuelta de Heidelberg, me fui de vacaciones a Cerdeña. Allí estuve una semana: tres días en Cagliari y cinco en Cala Gonone, un pequeño pueblo en el golfo de Orosei, en la coste este de la isla. Fue un buen cambio: del frío y la lluvia de las últimas dos semanas en Alemania, al sol y el calor durante el día de Cerdeña. Las noches en cambio eran más frescas, con una brisa muy agradable.

A la llegada al aeropuerto, tras comprobar que era más grande de lo que esperaba (de hecho, cuatro o cinco veces más grande que el de Valletta, en Malta), cogimos un taxi hasta el hotel, a medio camino entre el propio aeropuerto y el centro de la ciudad. Al subirnos escuchamos la típica música de película de la Mafia, con lo que, sumando el aspecto del taxista, creímos que nos habíamos confundido de isla y llegado a Sicilia…¡pero no! En escasos cinco minutos estábamos en el hotel dejando nuestras maletas en la habitación y listas para ir al centro a dar nuestro primer paseo por la capital de la isla.

Cagliari desde el Anfiteatro

Cagliari desde el Anfiteatro

El autobús nos dejó cerca de la Piazza Yenne, desde donde basta con bajar una calle para llegar al puerto, de donde sale la calle comercial con la mayor parte (si no todas) las tiendas, y donde hay numerosos bares y heladerías…es decir, el centro de la ciudad. Bajando por el largo Carlo Felice, llegamos al paseo marítimo. Justo antes se encuentra la estación de autobuses, en una plaza con una bonita fuente y gran cantidad de palmeras. Allí volveríamos un par de días después para coger el autobús a Nuoro y Cala Gonone.

En el propio paseo se halla el Palazzo Civico, sede del ayuntamiento de la ciudad. Es un bonito edificio blanco del siglo XIX, con pórticos, dos torres octogonales en el centro de la fachada, y cuatro mini-obeliscos en las esquinas, con las cabezas con los ojos vendados de los cuatros moros que aparecen en su bandera. Éstos recuerdan a los sarracenos que perecieron en el intento de conquistar la isla… ¡una bandera un tanto siniestra!

Como en el resto de la isla, por toda la ciudad hay numerosas iglesias. Aquí, como ocurre en Catania, no están muy bien conservadas y, al entrar, huele mucho a humedad. A pesar de ello, merece la pena visitar alguna, ya que son realmente bonitas. En una de las que entramos había una especia de sepulcro. Como era algo que hasta ahora no había visto nunca, decidí bajar. Había que tener mucho cuidado, puesto que el suelo era bastante irregular y casi no había luz…pero era un lugar bastante curioso y era impresionante la diferencia de temperatura con respecto al exterior. Me recordó a las Catacumbas de Roma.

Corso Vittorio Emanuele II, al lado de la Piazza Yenne

Corso Vittorio Emanuele II, al lado de la Piazza Yenne

Al igual que las iglesias, las casas están bastante viejas en su mayor parte. Sin embargo, en el centro, especialmente en la Piazza Yenne y en el Corso Vittorio Emanuele II, hay algunas mejor conservadas, pintadas de distintos colores según los edificios, y con bonitos balcones de reja.

En la Piazza Yenne se encuentran numerosos restaurantes, heladerías e incluso algunas tiendas; por lo que cenamos y comimos aquí todos los días. Desde la plaza, y siguiendo la Via Giuseppe Manno, con todas las tiendas (al menos que yo vi) de la ciudad, se llega al Bastione di Saint Remy. Subiendo las escaleras está la Terrazza Umberto I, desde donde se tienen las mejores vistas de la ciudad, con el puerto a un lado y las montañas de fondo. Cuando subimos estaba atardeciendo, ocultándose el sol tras las montañas detrás del puerto. La perspectiva era genial.

En la terraza hay además un restaurante, puestos, artistas callejeros pintando caricaturas,… como en cualquier ciudad del levante español. Con esta visita y un corto paseo por las calles del centro terminó la tarde. Y después de cenar volvimos al hotel, que se hacía pronto de noche y teníamos que andar desde el autobús por una zona no muy transitada.

Palazzo Civico

Palazzo Civico

Al día siguiente, por la mañana, fuimos directamente al anfiteatro, en la parte más alta de la ciudad, y bajamos andando hacia el centro. El anfiteatro nos decepcionó un poco, puesto que no queda casi nada del original, no se puede entrar a visitarlo, y lo poco que queda está cubierto por barras y tablas para poder hacer representaciones.

Bordeando el anfiteatro se llega a una iglesia franciscana, de paredes blancas y con algunas reliquias en su interior. Siguiendo la calle, se encuentra a la izquierda el jardín botánico. Antes de llegar a la entrada, nos desviamos a la derecha para ver la Villa di Tigellio, restos de un barrio residencial romano del siglo II. Se pueden observar las paredes de las casas e incluso un par de columnas. Se puede además pagar y entrar a caminar entre los restos; pero no merece la pena, ya que desde fuera, al no ser muy grande, puede verse todo perfectamente.

Volviendo sobre nuestros pasos y andando un poco más, llegamos al jardín botánico. Es realmente grande y en él hay todo tipo de árboles, cactus de todas las formas (recuerdo unos cactus redonditos que parecían una tortuga), palmeras,… Además, con tantas plantas la sensación era muy fresca y se estaba muy bien, pudiéndose sentarse un ratito en alguno de los bancos alrededor de las fuentes que hay esparcidas por el jardín.

Cuando volvimos al centro ya era hora de comer. Tras tomarnos otra enorme pizza (todas riquísimas), y subir a ver las torres dell’Elefante y de San Pancrazio, de origen pisano y que dan entrada al Castello, cogimos un autobús a la playa. Ésta se encuentra a algo más de 20 minutos del centro, pero dar un paseo descalzas por la orilla, tras caminar tanto durante la mañana, fue todo un gusto.

A la vuelta, en lugar de bajarnos en el centro, lo hicimos a mitad del paseo marítimo y anduvimos lo que quedaba de él. Hay numerosos barcos amarrados y, al estar ya atardeciendo, no hacía mucho calor. Además, la vista del Palazzo Civico con las palmeras delante era genial.

Interior de Cerdeña

Interior de Cerdeña

Al día siguiente salimos ya rumbo a la playa, a Cala Gonone. Durante gran parte del camino el autobús fue por carreteras bastante malas, de montaña y con muchísimas curvas. Sin embargo, las vistas eran geniales, con lagos muy grandes en algunas zonas, montañas por todas partes, alguna aldeíta aquí y allá,…

El viaje no se nos hizo muy largo, probablemente porque teníamos ya muchísimas ganas de llegar a la playa. Cuando ya quedaba muy poquito, a pesar de que no lo pareciera por la altura a la que nos encontrábamos, tras una curva apareció el mar y el pueblo de Cala Gonone en la ladera de la montaña. Desde arriba la vista era impresionante, con la montaña pegada prácticamente a la playa y las casitas en su ladera. Nos encantó desde el momento en que la vimos.

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