Viena ’10
En octubre fui por fin a Viena a visitar a uno de los amigos que había conocido en mi primer verano en Heidelberg. Llevábamos mucho tiempo planeándolo, y en octubre me decidí a ir. Todo el mundo me había dicho ya que era una ciudad realmente bonita, y cuando te creas expectativas tan altas, al final sueles llevarte una decepción. Mas no fue así con Viena.
Llegué el sábado a última hora de la mañana, por lo que, tras quedar en la estación de Wien-Mitte en que te deja el tren desde el aeropuerto, fuimos a hacer la compra y a comer algo. Como bienvenida, Josip me había preparado un goulash… ¡que estaba riquísimo! Y después de comer, cogimos el tranvía y, en poco más de 20 minutos, estábamos en el centro, al lado de la Votivkirche. El plan para la tarde era dar una vuelta por el centro, para que me hiciera una idea de Viena, ya que el domingo nos íbamos de excursión a Bratislava, que está a sólo 60 km, y el lunes y el martes Josip tenía alguna clase, por lo que yo podía revisitar lo que quisiera.
Desde el intercambiador de la Votivkirche fuimos hasta la universidad. Se puede entrar y pasear por un patio interior de césped, con bustos de numerosas personalidades que pasaron por la universidad en las arcadas laterales. A continuación, fuimos a ver el Hofburgtheater, el teatro imperial de Viena, situado en la Ringstraße, anillo que, junto con el Donau Kanal (o canal del Danubio), rodea el casco histórico de la ciudad. Al otro lado de la calle se encuentra el ayuntamiento. En la plaza que hay enfrente de él, la Rathaus Platz, suele haber siempre alguna atracción o mercado. En este caso, había dos carpas de la UEFA llenas de niños jugando al fútbol.
Un poco más adelante están el palacio imperial de Hofburg, el castillo más grande de toda la ciudad, y la Maria-Theresien Platz con los museos gemelos de Historia Natural y de Arte, y el Museums Quartier. En la Helden Platz (plaza de los Héroes) en que se encuentra el Hofburg hay una estatua ecuestre del emperador Joseph II. Es una de las pocas estatuas del estilo en que el caballo se apoya en tan solo una pata.
A continuación, a través del Graben, una calle peatonal con la famosa Pestsäule o columna de la peste, además de numerosas tiendas, heladerías y bares, llegamos hasta la catedral, la Stephansdom, con su altísima torre, a la que subiría el lunes. En el tejado están dibujados además tanto el escudo austriaco como el de la ciudad de Viena, con el año 1950 debajo, fecha desde la que están ahí.
Como ya empezaba a oscurecer, tuve la oportunidad de ver el centro iluminado. De camino a la Staatsoper, u Ópera de Viena, terminó de hacerse de noche. A partir de ese momento, las luces dan un tono amarillo anaranjado a la fachada, que era así incluso más bonita que cuando la vi de día en los días siguientes. De hecho, todo el centro, con los edificios más representativos iluminados de forma similar, estaba precioso.
Y para acabar la tarde, antes de volver a la residencia a cenar, nos tomamos una cerveza en la Karlsplatz. Tiene un parque y una fuente bastante grande enfrente de la Karlskirche o iglesia de San Carlos Borromeo. Está iluminada por la noche, de forma que resalten las paredes y las columnas barrocas blancas contra el cielo negro. Es una de las imágenes que más me gustaron de la ciudad.
Tras pasar el domingo en Bratislava, el lunes por la mañana fuimos a visitar uno de los palacios más conocidos de Viena: Belvedere. Éste está en realidad compuesto por dos palacios: el Unteres Belvedere y el Oberes Belvedere, el que aparece en la mayoría de las fotos. La entrada principal es sin embargo por el primero, con su puerta coronada por dos leones con el escudo los príncipes de Saboya. Al principio no sabíamos si nos habíamos confundido, ya que la puerta da paso a un parking sin ninguna indicación de que allí está el palacio. Pero seguimos andando y llegamos a los jardines entre los dos edificios. Son bastante largos, similares a los de Versalles y el resto de palacios en que he estado: en el centro un camino de arena, flanqueado por esculturas y parterres. Hay también una fuente muy grande cercana al Oberes Belvedere; pero como ya era el mes de Octubre, la habían vaciado. Y a la entrada de este segundo palacio había unas enormes tijeras, de varios metros, con cuatro hojas…ni idea de por qué o qué simbolizaban.
Al salir llegamos enseguida a la Schwarzenbergplatz, con su monumento a los Héroes del Ejército Rojo, o Russendenkmal. Es una gran columnata con una inscripción en ruso en honor de los rusos caídos durante la Segunda Guerra Mundial, y una columna aún más alta con un soldado encima. Delante del monumento hay también uan fuente, que esta vez sí contenía agua y estaba encendida. Alrededor de la plaza hay también numerosos palacios, la embajada francesa y una estatua ecuestre de Karl Philipp, príncipe de Schwarzenberg.
Desde la plaza a pocos pasos se encuentran tanto el Stadtpark como la Karlsplatz. En primer lugar fui, ya sola, al Stadtpark, con su canal con flores rojas en los laterales, los puentes sobre el mismo, unos más modernos y otros más clásicos, y su estación de metro al aire libre. Después, volviendo sobre mis pasos por el Ring, me dirigí a la Karlsplatz, para ver tanto la Karlskirche de día (no se podía acceder al interior por la obras), como la conocida estación de metro de la plaza, con dos bocas gemelas y muy pintorescas. En el parque hay además varias estatuas, como una con unos ángeles u otra dedicada a de Brahms, e incluso un pequeño ataúd muy decorado.
A continuación fui a la Stephansdom. El interior es de estilo barroco, muy bonito, con diversos altares en los laterales, las capillas, las altísimas bóvedas laterales, las enormes campanas o la tumba del Kaiser Friedrichs III. Sin embargo, lo que destaca por encima de todo es la cripta y las catacumbas. La cripta, además de albergar féretros, contiene urnas con las entrañas de los Habsburgo…mientras que sus corazones se encuentran en la Augustinerkirche. ¡Un poco macabros estos austriacos! En las catacumbas, en cambio, se enterraba a los ciudadanos…pero dada la gran cantidad de enterramientos que se produjeron en un corto periodo de teimpo, las catacumbas y criptas fueron prohibidas en el siglo XVIII por Joseph II.
Por último subí a la torre. Desde arriba se puede ver toda la ciudad: el barrio de los museos, la noria gigante, Belvedere,… Merece la pena hacer el esfuerzo de subir, las vistas son geniales, incluso en un día nublado como ese lunes.
Al bajar me tomé un Wiener Schnitzel en un bar cercano a la catedral, y después, tras pasar por el barrio de los museos y el Hofburg, fui a la Mariahilfer Straße, la calle de las compras. A lo largo de ella hay alguna iglesia, y los edificios tienen fachadas similares a los del resto de la ciudad: blancas y clásicas, perfectas para mi gusto. Entré en varias tiendas, pero los precios no eran exactamente bajos, por lo que al final lo único que compré fueron unas galletitas Leibniz, como cada verano en Heidelberg, chocolate y Lebkuchen en forma de bretzls recubiertos de chocolate…¡riquísimos!
Mientras paseaba se hizo de noche, por lo que cuando volví al centro, ya era noche cerrada, a pesar de no ser más de las seis de la tarde. Vi el ayuntamiento iluminado, la Staatsoper, la Volksoper,… y finalmente llegué a la Votivkirche. Con sus altísimas torres iluminadas delante de un un parque de césped, sin árboles que la tapasen, estaba preciosa. Dado que ya empezaba a hacer bastante frío y todavía tenía que hacer un poco de tiempo para volver a la residencia, entré en un café al lado de la iglesia a tomarme un café vienés, con su nata por encima…delicioso.
El martes, mi última mañana en Viena, fui al palacio de Schönbrunn, que recibe el nombre de la Schönbrunn o “fuente bonita” que hay en sus jardines. Ya a la entrada se pueden ver dos fuentes gemelas con la fachada amarilla del palacio al fondo, y, al llegar a los jardines, inmensos, se descubren muchas más fuentes, a cual más bella. Estos jardines no son del estilo de los de Belvedere o Versalles; sino que son en realidad un parque, con caminos rectos flanquedos por árboles que confluían en pequeñas plazas con fuentes. Pero no sólo las fuentes eran geniales: con el frío y la lluvia de octubre, las hojas de los árboles tenían distintos tonos marrones y muchas de ellas se habían caído, haciendo que la arena del suelo no pudiera verse en casi ningún lugar. Era genial.
Y al final de la visita, llegue a la Schönbrunn, que, afortunadamente, todavía tenía agua y estaba en funcionamiento. Vista de cerca es espectacular, con Neptuno en el centro, sobre unas rocas, caballos a los lados, aglún otro ser mitológico… Mas también desde una distancia es impresionante, se observa al fondo una colina totalmente verde, con unos arcos en la cima. Impresionante.
Después de esta visita volví a la Westbahnhof, donde debía hacer transbordo para volver al centro en tranvía. Al lado de la estación hay una enorme iglesia con la fachada color marrón bastante oscuro. Me picó la curiosidad y me acerqué a verla…y mereció la pena. Por dentro era bastante sencilla; por lo que lo más interesante era el exterior, con su no muy alta pero sí bastante ancha torre octogonal. Es totalmente diferente al resto de la arquitectura de la ciudad.
Cuando llegué al centro me di cuenta que ya no me quedaba mucho tiempo hasta volver a la universidad, donde había quedado con Josip para comer después de sus clases. Así que decidí ir a ver por dentro la Votivkirche…y me quedé totalmente impresionada. Las vidrieras son realmente bonitas, de muchos colores, y la bóveda de la nave muy alta, con gruesas columnas para sostenerla. Pero lo mejor de todo, al menos desde mi punto de vista, es el altar, con un retablo dorado espectacular.
Cuando ya iba a coger el tranvía de vuelta, vi en la propia estación una panadería con unos bollos que tenían una pinta increíble. Dada la fama de los bollos autriacos y que todavía no me había comido ninguno, decidí comprarme un par de ellos a modo de aperitivo, y para que se me hiciera más corta la vuelta. Es lo mejor que pude hacer.
Ya en la universidad, como eran las dos de la tarde, el comedor estaba casi vacío…y ¡la comida se había acabado! Por lo que tuvimos que salir y nos compramos unos kebabs. Con ellos nos fuimos al Türkenschanzpark, un bonito parque con un gran lago. Como hacía sol por primera vez en los cuatro días que llevaba en Austria, nos sentamos en unos bancos al solecito, al borde del lago…nunca me había sabido tan bien un kebab.
Y después de comer, volvimos a la residencia, cogí mi maleta, y nos despedimos antes de ir a coger el tranvía y el tren hacia el aeropuerto. La vuelta fue algo más complicada de lo que había sido la ida: había una manifestación de estudiantes que hizo que el trayecto en tranvía de media hora se transformase en un “recorrido turístico” por metro y tranvía de casi una hora. Eso sí, el conductor del tranvía era un eficiente austriaco que, al llegar a la última estación con metro, nos avisó de que no podía llegar al final de la línea, para que cada uno hiciera lo que más le convenía. Así, a pesar del retraso, llegué con tiempo suficiente al aeropuerto y cogí el avión…que salió con una hora de retraso por la huelga de controladores…
Viena me encantó. Vayas por donde vayas, en cada esquina encuentras una fuente, una estatua, o la bonita fachada de algún edificio. No hace falta ir a ver los típicos monumentos que aparecen en cualquier guía de viajes para disfrutar del encanto de la ciudad. Por ello es junto con Roma una de las ciudades que más me han gustado hasta el momento. Espero volver algún día, si puede ser en invierno, con la ciudad nevada, y en diciembre, con los mercadillos de Navidad.





