Bratislava ’10
El domingo por la mañana fuimos a Bratislava, la capital eslovaca, junto con un amigo de Josip. La mañana empezó ajetreada: la pereza de levantarse provocó que tuviéramos que correr por el metro vienés y que casi perdiéramos el autobús. Pero al final todo salió bien y a media mañana estábamos en Bratislava, a orillas del Danubio.
Al llegar a la ciudad, nos encontramos en una estación de autobuses desde la que no podía verse la fortaleza, supuestamente cerca. Tras preguntar y superar alguna que otra barrera idiomática (el inglés no está del todo extendido entre los conductores de autobús eslovacos), descubrimos que debíamos subir unas escaleras…y seguir subiendo escaleras un ratito más, ya que la fortaleza o Hrad se encuentra en la cima de una colina. A pesar de que el castillo en sí no es gran cosa, un edificio más o menos cuadrado, blanco y con torres en las esquinas, desde arriba las vistas son muy bonitas, con el Puente Nuevo (Nový Most) sobre el Danubio y toda la ciudad a ambos lados del río. Tras dar una vuelta, tomar un pequeño almuerzo a base de dulces y hacernos fotos con un saltamontes o con las hojas de los árboles cayendo encima de nosotros, bajamos de nuevo al centro por calles bastante estrechas y adoquinadas, en lugar de por las escaleras que habíamos usado al subir.
La ciudad de Bratislava es bastante pequeña; por lo que en poco más de dos horas se puede visitar todos los puntos de interés que vienen en cualquier mapa turístico: una iglesia capuchina, otra trinitaria, una franciscana, el teatro nacional eslovaco,… Lo que más curioso me pareció fue que en la catedral de St Martin había una escultura con un hombre a caballo amenazando con una espada a otro tumbado en el suelo…un poco belicoso para ser una catedral. Y lo más bonito, las casas de colores a orillas del Danubio, o las calles peatonales del centro, en especial por la tarde-noche, con el suelo mojado reflejando la luz anaranjada de las farolas.
Tras deambular por el centro haciendo pequeñas paradas en los lugares marcados por el mapa, paramos a comer algo. Dado que nos quedaba toda la tarde por delante, decidimos ir a Devin, un pueblecito a unos 20 minutos en autobús de la capital. Allí hay un enorme castillo, desde el cual se ve el Danubio…simplemente impresionante.
Castillo de Devin
Tras bajarnos en la parada de autobús que recomendaban en internet, nos encontramos en una pequeña calle en medio de la nada, sin ni tan siguiera una sombra del castillo. Comenzamos a andar en la dirección en que se había ido el autobús, con la vana esperanza de ver a alguien a quien preguntar. Como la calle estaba desierta y oímos ruido procedente de una de las casas, nos asomamos a la puerta, que estaba entreabierta. Como no veíamos a nadie, y más que una casa parecía un taller con alguien dentro trabajando, decidimos entrar. Se nos acercó un perro y salió un hombre del supuesto taller. Nos miró un poco asombrado, así que le dijimos en inglés que éramos turistas…no nos entendía. Probamos en alemán…y tampoco. Al final, con Josip hablando en croata, su amigo en serbio y el hombre en eslovaco, consiguieron entenderse y enterarse de que el castillo estaba al final de la calle, girando a la izquierda. Yo me fui con un simple “thanks”, a lo que el hombre me contestó con una sonrisa.
Efectivamente, tras unos 5 minutos llegábamos al final de la calle y al girar veíamos ya el castillo. Era norme, sobre una colina. Como sacado de una película. Y enfrente había una parada de autobús…¡en la que paraba el bus en que habíamos venido! Así que a la vuelta cogimos allí mismo el autobús, sin necesidad de vagabundear por calles desiertas.
Una vez dentro del recinto del castillo, pudimos ver restos de las paredes de antiguas casitas y una vieja capilla, todo construido en piedra y sobre una gigantesca pradera completamente verde. Sólo nos encontramos con otro grupo de turistas…¡que eran también españoles! Con lo que nos hicimos fotos mutuamente, charlamos un poco y nos despedimos. Siguiendo nuestro paseo, llegamos al área del castillo propiamente dicha. Desde allí arriba, parece que se pueda tocar el Danubio con las manos. Las vistas son realmente espectaculares: el castillo se encuentra justo en el punto en que un afluente (ni idea del nombre) se une al Danubio. Al otro lado del río, se puede ver una pequeña playa…quizá cuando no llueva y salga el sol, vaya allí la gente de picnic. Como llovía y había neblina, la vista no alcanzaba mucho más…una pena por un lado, pero encantador por otro: el castillo y el lugar parecen creados para este tipo de clima.
Después de estar un rato disfrutando de las vistas, y con cuidado de no caernos (las piedras estaban realmente resbaladizas con tanto agua), entramos en una casita de piedra en la que había una exposición de juegos: ajedrez, backgammon, tic-tac-toe,… Y finalmente, con ya algo de frío de tanta lluvia, salimos a tomar un café caliente antes de volver a Bratislava.
Vuelta a Bratislava
De vuelta en la capital, dimos otro paseo por el centro. En primer lugar recorrimos el Hviezdoslavovo Námesti, un bulevar que desemboca en el teatro nacional. Estaba muy bonito, con las hojas amarillas y marrones cubriendo el suelo, y con algunos puestos donde poder comprar algún recuerdo, cosa que al final no hicimos. Luego nos acercamos a la plaza del ayuntamiento. Es realmente bonita, sobre todo de noche, con una fuente que se ilumina de distintos colores. Y en este deambular descubrimos una estatua de un hombre asomándose por una alcantarilla, otra de un marinero apoyado en un banco y observando el panorama…todas un poco extrañas pero divertidas.
Poco después, cogimos el autobús de vuelta a Viena, donde, al igual que aquí, llovía y hacía mucho frío. La excursión mereció la pena, no tanto por Bratislava como por Devin. Es un lugar completamente distinto a cualquier otro. Y, a pesar de que la neblina y la lluvia limitan mucho la vista, también dan un ambiente invernal que acompaña fantásticamente al paisaje. Además, al no haber muchos lugares que visitar, te puedes tomar todo con más calma, no cansarte tanto, y disfrutar más de cada rincón.




