Praga ’11
En el siguiente viaje fui a Praga, Dresde y Brandemburgo, a principios de marzo. Tanto Praga como Dresde me encantaron; sin embargo, en Brandemburgo se sigue notando, a pesar de su cercanía a Berlín (unos 70km) , que antes de la caída del muro pertenecía a Alemania del Este: las casas son mucho más sobrias, casi nadie habla inglés, no hay casi gente por la calle a partir de las 8-9 de la tarde… Pero esto lo dejaré para la próxima entrada: en ésta escribiré tan sólo sobre Praga.
Llegué a la República Checa el viernes por la tarde, a las 5 aproximadamente. Desde el aeropuerto, cogí un taxi al centro (bastante caro, la verdad) para no tener que dar muchas vueltas en transporte público (¡hay que comprar ticket también para la maleta!). El hotel estaba muy bien: a cinco minutos andando del centro, de Staré Město, y con mesitas para desayunar en el hall, decorado como si fuera un jardín o un patio. Tras dejar la maleta en la habitación, me puse gorro, guantes y bufanda, y salí a dar una vuelta.
En menos de cinco minutos caminando por pequeñas calles estaba en la plaza de la Staré Město o Ciudad Vieja, con su famosa iglesia Týn, la iglesia barroca de San Nicolás, el memorial a Jan Hus y el reloj astronómico. Alrededor de la plaza hay también numerosos restaurantes con terrazas protegidas del frío por plásticos e incluso puestos vendiendo vino caliente con especias y salchichas. Tras dar una vuelta por la plaza, seguí andando hasta el Puente de Carlos, que atraviesa el río Moldava y lleva de la Ciudad Vieja al Castillo. Mandado construir por Carlos IV, originalmente se llamó el Puente de Piedra o el Puente de Praga; pero desde finales del siglo XIX se le conocé con su nombre actual. Viniendo desde la ciudad vieja, comienza con una torre gótica impresionante. A continuación, a los lados tiene treinta estatuas religiosas, la mayor parte barrocas, muy bonitas por la noche pero aún más por el día, cuando el sol se refleja en las partes doradas. Cuando llegué ya era de noche, y hacía muchísimo frío…de hecho, aun con los guantes puestos, ¡los dedos me dolían del frío y me costaba apretar el botón de la cámara! A pesar de ello merece la pena ver el río por la noche, con las luces iluminando los edificios más importantes y el barrio del Castillo al final, sobre la colina.
Después de cruzar el puente, volví sobre mis pasos hacia la plaza. Llegué justo a tiempo de ver el reloj astronómico en movimiento, por lo que me quedé mirándolo, junto con muchos otros turistas, antes de buscar algún sitio para cenar. Como dije antes, en la plaza hay bastantes restaurantes, con cartas en varios idiomas; pero andando un poco hacia alguna de las calles que llegan a la plaza hay más restaurantes, con más sitio y algo más baratos. Así que eso fue lo que hice y cené en un restaurante camino del hotel.
Al día siguiente, tras desayunar en el hotel y volver a equiparme con guantes, gorro, bufanda y cualquier cosa de abrigo que hubiera a mano, repetí el camino andado por la noche, esta vez terminando de cruzar el puente para llegar al barrio del castillo. Con la neblina, que no se despejó hasta las dos o tres de la tarde, las vistas desde el puente eran muy invernales a pesar del sol: con las estatuas en primer plano, el fondo quedaba completamente difuminado, dando la sensación de que el río era aún más grande de lo que realmente es.
Una vez cruzado el puente, hay dos opciones: subir por unas escaleras o ir callejeando hasta llegar al castillo. Opté por lo segundo, y en el camino hice un alto para ver la Iglesia de San Nicolás. En la puerta hay un obelisco rodeado de figuras eclesiásticas. Detrás de él y por encima de los edificios cercanos, puede verse la catedral al fondo. Sin embargo, lo más impresionante de la iglesia es su interior barroco, lleno de frescos, estatuas blancas con adornos dorados, columnas de mármol rosa o verde. Se puede subir a la galería y observar toda la nave desde arriba, con una perspectiva totalmente distinta.
Tras esta breve parada, seguí mi camino hacia el castillo. A la entrada hay un gran mirador, justo al final de las escaleras que antes mencioné, desde el que se ve toda la Ciudad Vieja. Pese a la abundante neblina, se podía ver incluso la iglesia Týn, aunque con alguna dificultad. Según iba pasando la mañana, la niebla se iba levantando y el sol pasó a dominar el cielo, sin ninguna nube, de modo que, a la hora de comer, ya se podía ver toda la ciudad perfectamente. Sin embargo, las vistas eran quizá más bonitas con niebla, le daba un encanto especial.
Así, después de pasar un rato en el mirador, entré al recinto del castillo. En la puerta dos estatuas de dos hombres a punto de matar a otros dos, con una porra o un cuchillo, te reciben. Son bonitas, pero quizá un poco violentas. Con un único ticket puedes visitar, además de la catedral de San Vito, la capilla y la basílica de San Jorge, el palacio de Rosenberg y la Torre de la Pólvora, e incluso una exposición tanto de cuadros como de esculturas. También hay otra exposición sobre la historia del ejército checo, con su participación en distintas guerras y los uniformes que vistieron. Hay otra zona, denominada el Golden Lane, que estaba esos días cerrada, así que no pude visitarla. Por la plaza, además, se ve a la guardia yendo de un lugar para otro con gorros de piel, como los rusos.
Dado que la catedral no estaba abierta al público hasta la una, si no recuerdo mal, tras ver las exposiciones y dar una vuelta, fui a ver el Loreto. Justo al salir del recinto del castillo y la catedral hay una gran plaza con varios palacios: uno con la fachada blanca y negra, que parece chino, otro neoclásico, etc. En cuanto a la iglesia, a unos 5 minutos a pie, tiene la fachada blanca, destacando las ventanas y relieves en amarillo. En su interior alberga una bonita escultura de la Virgen, en el patio, junto con un pequeño edificio blanco con escenas de la Biblia y ángeles en relieve decorando sus paredes. El interior de la iglesia es también barroco y está de nuevo, como San Nicolás, lleno de frescos, con columnas de mármol rosa y relieves de oro. El altar destaca al ser de color negro con adornos dorados. Impresionante también.
Tras descansar un poco en un banco al solecito, volví a la catedral, de estilo gótico. En ella se coronaba a los reyes de Bohemia, muchos de los cuales, junto con obispos y arzobispos, están aquí enterrados. La nave es enorme, y el techo muy alto; por lo que las columnas son también muy gruesas para poder sostener todo el peso. Las numerosas ventanas en la parte superior y la gran cantidad de vidrieras de colores hacen que entre mucha luz, sobre todo en la zona del coro. En los laterales hay también varios grupos escultóricos de plata y oro. Una maravilla.
Al salir eran ya las dos, así que me fui a comer en uno de los restaurantes que había visto camino del Loreto… El camarero estaba en la puerta intentando atraer a los turistas que por allí pasábamos, a pesar del frío, pues no le daba el sol, y ¡ni tan siquiera llevaba guantes! Era un restaurante pequeñito pero muy acogedor…eso sí, había que comer con abrigo, porque la puerta estaba abierta y entraba bastante frío de la calle. Al salir, vi una especie de coche de bomberos antiguo con dos o tres hombres vestidos completamente de blanco…¡era el desfile de carnaval! La gente (yo incluida) se arremolinó a su alrededor y les hizo un montón de fotos. Era una escena bastante cómica, con los palacios de fondo alrededor de la plaza.
A continuación me encaminé a la colina de Petrín, desde la que se obtiene una bonita panorámica de la ciudad. Es un enorme parque a orillas del río, conocido por los checos como el “parque de los enamorados”. La obra de mayor antigüedad, conservada en Petrín hasta el presente, es el llamado Muro del Hambre. Fue edificado en el siglo XIV por orden de Carlos IV. Su construcción dio trabajo a mucha gente pobre y de allí el nombre del muro, que durante siglos formó parte del sistema de protección de la ciudad de Praga ante los enemigos. Más moderna es la tore de Petrín, una torre Eiffel en miniatura a la que se puede subir.
Para subir a la colina hay un funicular, pero en el mapa no estaba nada bien indicado, así que yo subí y subí, y cuando por fin vi la estación, me di cuenta que ya estaba arriba, que lo que podía hacer si quería era coger el funicular para bajar de nuevo al centro. Cosa, que por supuesto no hice. En el camino entré en un convento. También de color blanco, alberga en su interior dos bibliotecas con libros realmente antiguos. De ahí su nombre: Biblioteca Strahov. No se puede entrar a las mismas, pero si verlas a través de una reja. Merece la pena.
En el descenso, busqué, y esta vez encontré, la Sv Michal, una iglesia de origen normando. Hecha de madera, tiene tres torres, cada una más alta que la anterior, y colocadas en fila. En ellas se distinguen los colores blanco, verde y roja, que simbolizan la fe, la esperanza y el amor. Cada una tiene varios tejados y una cúpula en forma de cebolla, con una cruz dorada en la parte superior. Aunque no se distingue desde lejos por toda la vegetación que hay a su alrededor, lo que no hace fácil el encontrarla, recomiendo a cualquiera que vaya a Praga que dedique un rato y la busque. Es totalmente diferente de lo que te puedas encontrar en el resto de la ciudad.
Después de esta parada, seguí bajando los más de 300 metros de altitud que separan la cima de la colina del río. En lugar de volver a subir hasta el castillo para volver al centro, decidí seguir por la zona más al sur de la ciudad. Al ser menos turística, está menos cuidada y algo más abandonada. Pero al final obtuve una recompensa: las vistas al atardecer, desde la otra orilla del río, del centro. Los edificios, en distintos tonos anaranjados o amarillos, se reflejaban en el río creando una bonita estampa.
Ya al otro lado del río, me acerqué a la plaza Wenceslao. Al fondo se puede ver el Museo Nacional, un gran edificio neoclásico. Al otro lado de la plaza empieza la zona de las compras, con numerosas tiendas de todas las marcas. Así, caminando hacia la plaza de la Ciudad Vieja se hizo definitivamente de noche. Los edificios iluminados tenían un color anaranjado, como en los cuentos. Con este paseo y la cena acabó el día.
Al día siguiente cogía el tren a Dresde a primera hora de la tarde; por lo que me quedaba tan sólo una mañana en la capital checa. La aproveché para ver las Sinagogas y resto de monumentos judíos de la ciudad, todos ubicados en Josefov, el barrio judío. Con una misma entrada, se pueden ver las sinagogas Maisel, Española, Pinkas, Klaus y Viejo-Nueva, el Viejo Cementerio Judío y la Sala de Ceremonias. Todas están muy próximas, en un radio de unos 10 minutos andando.
En las distintas sinagogas se pueden ver textos escritos tanto en hebreo como en lenguas europeas. Me extrañó la gran cantidad de textos en alemán que hay hasta el inicio de la II Guerra Mundial y, con él, la persecución llevada a cabo por los nazis. A partir de esa época, el alemán va desapareciendo poco a poco y dejando paso al checo. A través de los recortes de periódicos y las placas informativas, te cuentan la historia de los judíos en el país. Muy interesante. También se pueden ver gran cantidad de objetos litúrgicos, todos de oro, plata o bronce.
Por fuera, la sinagoga más bonita, al menos para mi gusto, es la Viejo-Nueva. Sin embargo, el interior de la sinagoga Española es impresionante. Las paredes son de un color rojo oscuro, con los diseños geométricos dorados. Nunca había visto nada parecido, me impresionó bastante. Por otra parte, el cementerio judío también me sorprendió gratamente. A pesar del desorden, con cientos de lápidas en filas torcidas, muy cerca las unas de las otras, el conjunto es realmente bello. Éste es otro punto de la ciudad de obligada visita.
Tras este pequeño tour por el mundo judío, subí a la Torre de la Pólvora, que ofrece unas vistas muy buenas de la ciudad desde la plaza de la Staré Město. Se pueden ver tanto el castillo y la catedral, como la colina Petri, al fondo; y, más cerca, toda la Ciudad Vieja, con la Iglesia Týn en primer plano. Como las casas son, a lo sumo, de 4 plantas, no hay nada que tape la vista, y se pueden observar los montes que rodean la ciudad.
Desde arriba vi además que estaba abierta la iglesia de San Nicolás… no la que dije antes, sino la que se encuentra en la propia plaza de la Staré Město. Así que al bajar, entré. En contraposición con las otras iglesias que había visitado, ésta tiene menos frescos en su interior y las paredes son de color blanco. El altar, sin embargo, sí tiene columnas de mármol rosado, y alguna escultura con adornos dorados. Al ser blanca entera, además, da una gran sensación de amplitud.
A pesar de haber estado en Praga tan sólo día y medio, creo que me hice una buena idea de lo que puede ofrecer la ciudad. Quizá no sea tan espectacular como Viena, en la que había estado unos cinco meses antes, pero tiene un encanto especial, con sus pequeñas callejuelas y el barrio judío, Josefov. Ahora me queda por visitar Budapest del conocido como “triángulo imperial”. Espero que sea pronto, y espero también poder volver a la República Checa, ya sea a Praga o a alguna otra ciudad.





